sábado, 5 de marzo de 2011

Ejercicio de estrategias discursivas

Lo más preciado*

Cuando me bajé del avión, el hombre me esperaba con un pedazo de cartón en el que estaba escrito mi nombre. Yo iba a una conferencia de científicos y comentaristas de televisión dedicada a la aparentemente imposible tarea de mejorar la presentación de la ciencia en la televisión comercial. Amablemente, los organizadores me habían enviado a un chofer.
—¿Le molesta que le haga una pregunta? —me dijo mientras esperábamos la maleta.
No. No me molestaba.
—¿No es un lío tener el mismo nombre que el científico aquel?
Tardé un momento en entender. ¿Me estaba tomando el pelo? Finalmente lo entendí.
—Yo soy el científico aquel —respondí.
Calló un momento y luego sonrió.
—Perdone. Como ése es mi problema, pensé que también sería el suyo.
Me tendió la mano.
—Me llamo William F. Buckley.
(Lo que pasaba era que se llamaba igual que un conocido entrevistador de televisión)
Mientras nos instalábamos en el coche para emprender el largo recorrido me dijo que se alegraba de que yo fuera “el científico aquel” porque tenía muchas preguntas sobre ciencia. ¿Me molestaba?
No, no me molestaba.
Y nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los extraterrestres congelados en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio, de “canalización” (una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos), de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín… Presentaba cada uno de estos temas con un entusiasmo lleno de optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarlo cada vez.
—La prueba es insostenible —le repetía una y otra vez.
En cierto modo era un hombre bastante leído. < Mientras viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más silencioso. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta de su vida interior.
Y, sin embargo, hay tantas cosas en la ciencia real, igualmente excitantes y más misteriosas, que presentan un desafío intelectual mayor… además de estar mucho más cerca de la verdad. ¿Sabía algo de las moléculas de la vida que se encuentran en el frío y tenue gas entre las estrellas? ¿Había oído hablar de las huellas de nuestros antepasados encontradas en ceniza volcánica de cuatro millones de años de antigüedad? ¿Y de la elevación del Himalaya cuando la India chocó con Asia; o de la búsqueda por radio de inteligencia extraterrestre; o de la recién descubierta civilización de Ebla? No, no había oído nada de todo aquello. Tampoco sabía nada, ni siquiera vagamente, de la indeterminación cuántica, y sólo reconocía el ADN como tres letras mayúsculas que aparecían juntas con frecuencia.
A este hombre le habían fallado nuestros recursos culturales, nuestro sistema educativo, nuestros medios de comunicación. Lo que la sociedad permitía que se filtrara eran principalmente apariencias y confusión. Nunca le habían enseñado a distinguir la ciencia real de la burda imitación. No sabía nada del funcionamiento de la ciencia.

*Fragmento del capítulo 1 de: Carl Sagan: El mundo y sus demonios, Planeta: 1998 [1995], pp. 19-20.

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